Desde donde están sentados, un extraño colorido en la corteza de un árbol atrae la atención de Gabriel: Enormes orugas verde-amarillas parecen hipnotizarlos.
Se acercan a observarlas, y sin expresión alguna, y sin ahorrar tiempo, cada uno toma una y la guarda en su mano; cada músculo, cada palmo de sus cuerpos tiembla con placer cuando las pupas se les pegan a los dedos. Les atraen en demasía: Parecen un ansia nueva que necesita ser saciada; pequeñas cornucopias doradas colgadas del meñique. Entonces, es el calor excepcional, y la energía tan grande, y la rabia y el deseo de todo; y el miedo y el arrojo. Cada hermosa crisálida, cada unicornio sensitivo.
Como cuando los capullos se abren para dar paso a las mariposas que aletean levantando un polvillo fino, alguien se desviste y se viste de otra cosa: De otro.
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