El sol que lame los lomos de los cuatro y las áridas calles con sus polvos como ceniza encendida que quema los pies. Y la neblina imperceptible que borronea un poco las formas –último resquicio de vapor exprimido de la tierra en la siesta amoníaca y polvorienta-. Sólo buscar dónde aplacar las escaldaduras que dejan las lenguas del sol en las espaldas; limpiarse de su encendida y violenta saliva, tan parecida al sudor adolescente.
-Pehechápa omoite pindo-máta ikarẽ léntova?[1] –pregunta César.
-Mba’e oreko?[2]
-Upépe ndaje oñeñotỹ raka’e Luisõ re’õngue.[3]
-Legal pio? El finado Ceferino ngo Luisõ raka’e ndaje…[4] -agrega Nelson.
-Hẽe. Ha amoite depósito ykére, pe arrivádape, oñemopu’ã Antonio níchorã. Otro dia porogueraháta.[5]
-Mbóre![6]
-Mbóre!
-Mba![7]
Sólo yo calzo zapatos, pero el polvo parece filtrarse por los poros del cuero y me pica más que a cualquiera. Aun antes de entrar a la espesura, mi piel es blanco de las alimañas: Virginidad epidérmica que el beso del sol deja al rojo vivo.
Desde la arribada se ve el arroyo, a la distancia; más allá del humedal, más allá de los pastizales, después del monte.
Cruzar la aguada, que es puro lodo. Lodo negro y añejo de pastos, de cadáveres vegetales y animales desintegrados. Yo, que había salido escondido de casa para sumarme a la aventura, me quito los zapatos y los llevo en las manos; meterse hasta la cintura en esa negra y pegajosa profundidad, cuna de materias burbujeantes. Agarrarse de los pastos amarillos que emergen del inmenso lodazal; los mosquitos y ñetĩ[8] se encariñan a los cabellos que ya huelen a tostado, y los pies encuentran alivio en la travesía de esos hoyos.
Tambalear a lo largo del tronco vacilante que flota hasta pisar tierra firme y saciar la sed en el chorro de agua que corre por entre las raíces de un guajayvi;[9] reanudar la marcha. Los pastos son más altos que nosotros; uso los zapatos como guantes para protegerme de su filo; los alejo de mi rostro, los aparto de mí, pero acaban dándome como latigazos en la espalda desnuda, roja, quemada… Los ka’i[10] nos arrojan sus orines y excrementos desde la maraña de hojas y sacudidas ramas; abajo, los mita’i[11] que nos reímos enfurecidos; tirarles piedras.
César: Desnudo, y Gabriel. Todos desnudos. Desnudos los cuatro; lanzarse al agua. Después de una larga zambullida, sentarse a la orilla del arroyo bajo la sombra de ese arbusto que forma una especie de cueva. La siesta es larga: El yryvu[12] planea mansamente.
infame peluquero, el paraíso es frágil.
muñido de tu gran tijera,
para mutilar las grandes melenas.
escupitajo violento,
verde escupitajo.
macabra depilación
que deja al encubierto…,
rojamente ensangrentada.
-Pehendu piko aipóva?[13]
-Sí escuchamos…
-¡Una vaca!
-¡Parece más un Póra![14]
-Jaha jahecha![15]
Correr con los pulmones henchidos de alguna impresión apocalíptica; vadear las fosas y correr azuzados por el siseo de las cigarras, absortos por ese mugido despavorido que parece provenir de profundidades de ultratumba.
Apenas llegamos a este claro, el animal se echa al suelo levantando polvo. César está con los ojos huecos; todos nuestros ojos grandemente huecos. El sol parece levemente adormilado, y el viento silba en los aguara-ruguái.[16] La vaca resuella pataleando sobre la tierra colorada; sin ojos, sin lengua, extenuada; escupiendo una sangre oscura y pestilente que ahoga sus últimos bufidos; las garrapatas se sueltan de su cuero espantadísimas, y huyen como pueden. César -quién más si no- toma un garrote y espeta al animal en el vientre. Mirar alrededor buscando qué; pero, ¿por dónde si no hay cómo?
-¡Chupacabra![17]
-¡Un Póra!
-¡El Malavisión[18] está enojado!
-Jaha ko’ái, nde![19]
Salir corriendo. Callados, absortos. Entrar a la espesura para buscar el color anaranjado de las mandarinas silvestres; apaciguar la siesta prolongada embadurnándola con esa modorra cítrica. César es quien percibe que hay rumores extraños en el aire.
-Mi papá dice que ese que le quita su lengua a la vaca es mbopi[20] nomás –digo, temblando más que cualquiera.
-Mba’e mbopi katu piko! Péango pehecháta hína… Oanunsia hína algún desgrásia.[21]
El río no está muy distante, tampoco las últimas casas de la villa.
-Pehendúpa? Oĩ ñande-seguíva ápe…[22]
Alguien que camina sin hacer ruido, va borrando con sus tacones el rastro de eses que dejan a su paso las pesadas colas de los teju guasu.[23] Como absorbido por una succión descomunal, por un huracán sin viento, ha desaparecido el bosque de chachĩ;[24] se entierran los túneles de los tatú y algún tucán ve ahogado su graznido porque se quiebra con violencia la colorida flauta ceremonial.
Nelson se queda parado contemplando la desolación, detrás de él Gabriel, detrás de éste yo; y César se sube a una rama para verlo todo mejor. La novedad despierta cierta curiosidad, cierta confundida alegría, sin embargo, la sensación de que dentro de nosotros una casa de paredes quebradizas, de techo pesado se desmorona es inexorable. Ahora, todo está hecho una alfombra, una sábana de desnuda tierra roja con brotes de soja formando un patrón que se estira hasta donde alcanza la vista; brotes que crecen vertiginosamente, se secan y dejan relucir al sol sus pajizas vainas.
-Mba’éiko ñandéve… Ajéa?[25]
-Legal…[26]
-Jaha ko’ái, nde.[27]
De regreso al arroyo para una última zambullida antes de volver a casa. Estoy sumergido, contemplando las inmóviles piernas de mis compañeros. César hace burbujitas en el agua, imitando un motor o algo por el estilo. Sus voces me llegan ralentizadas bajo el agua, como una música que desconozco pero que me deleita. Yo no sé silbar, pero ellos saben hacerlo con maestría; a veces alguien empieza la melodía, con silbo de taguato[28] y los remedos se suceden en una fuga preciosa que yo remato con algún piropo al taguato que hasta ahora no es bien recibido. Ora pitogue,[29] ora ynambu-tataupa,[30] pero nunca pollito. Jamás.
Una avioneta sobrevuela los cultivos rociándolos. Ese verde homogéneo… Y, de pronto, un disparo. Hay que correr: Hay que alejarse de la sombra de ese hombre rubio que nos mira con desdén desde la otra orilla, hay que alejarse de su arcabuz, de su lengua ignota, de sus botas de altos tacones; hay que esquivar esa mirada azul, ese miedo que parece tenernos confundido con odio; que le tenemos pues.
Desnudos como estamos sabemos que las verdes cuchillas podrían rebanarnos: Pero de los pastos, nada: Un centenar de metros de patrones rectilíneos arados en la tierra.
Me calzo los zapatos, y, mientras trato de atarme los cordones, un disparo me hace correr tan rápido que gano a mis compañeros en la carrera hasta el humedal.
Cruzamos corriendo y, en lo que parece tierra firme, hundo el pie y afuera no queda más que mi crispada mano; César trata de arrancarme, como puede arrancarse una raíz de mandioca, pero el pícaro monstruo me chupa el zapato, quiere tragárselo: Y el pantano se traga mi zapato. Salgo corriendo con un pie desnudo hacia la arribada.
Sentarse al borde de la calle polvorienta. Pensar a carcajadas, reírse atropelladamente, con rabia; ¿con tristeza? Tengo miedo de regresar a casa.
(Siente que algo le acalambra el estómago. A la pucha,[31] y no sabe qué. Se retuerce y la boca se le llena de espuma. La fiebre le arranca sangre de los ojos; mientras, sus peludos congéneres corren disparados lanzando gritos de horror. El ka’i yace muerto. Un negro nubarrón vuela sobre él. Lluvia. Una lluvia de golondrinas muertas se derrama sobre él: Su tierra de cementerio).
[1] ¿Han visto aquella palmera un tanto torcida?
[2] ¿Qué tiene?
[3] Supuestamente allí enterraron el cadáver del Luisón. (Luisõ o Luisón: Séptimo hijo de Tau y Kerana. Es una bestia canina, equivalente al hombre-lobo de la cultura occidental. Por las noches se revuelca sobre los cadáveres en los cementerios. Según la tradición, el séptimo de siete hijos varones se convierte en Luisón; en noches de luna llena adquiere la forma de un perro enorme que se alimenta de esqueletos. Algunas variantes refieren que éste camina en cuatro, sobre los codos, y que si pasa entre las piernas de un hombre le transfiere la maldición. Se cree que el toque helado del Luisón en las noches augura la cercanía de la muerte. Al igual que otros mitos urbanos, el Luisón teme los objetos benditos, en especial la palma del Domingo de Ramos; sólo se le puede dar muerte con balas de plata benditas. Aunque no muy difundida, existe la versión de que el origen del nombre se debe a un ciudadano portugués de nombre Luis (Luisão), poseedor de muchos perros grandes en el Guairá.)
[4] ¿Enserio? Dicen que el finado Ceferino era Luisón.
[5] Sí. Y junto a aquel depósito, en aquella arribada, se levantó un nicho para Antonio. Otro día les llevo.
[6] Mbóre!: Eufemismo para “nderembóre” (por tu pija). Interjección expresiva que expresa repulsión.
[7] Mba!: Interjección expresiva. Se emplea para manifestar rechazo o sorpresa.
[8] Ñetĩ: Jején.
[9] Guajayvi: Patagonula americana L. Árbol de la familia Boraginaceae, de unos quince a treinta metros de altura, con tronco acanalado y hojas pequeñas. Árbol no caducifolio, abunda en la cuenca del río Paraná; frecuente en los bosques de las cercanías de arroyos.
[10] Ka’i: Mono.
[11] Mita’i: Niño.
[12] Yryvu: Cuervo.
[13] ¿Escucharon eso?
[14] Póra: Fantasma
[15] Vayamos a ver.
[16] Aguara-ruguái: Setaria Tenax. Especie de gramínea de inflorescencia panícula pequeña con forma de cola de zorro o cepillo para limpiar botellas.
[17] Chupacabra o chupacabras: Animal críptido de existencia improbable que se alimenta de sangre de animales y en ocasiones de sangre humana. En el campo se han registrado casos de vacas que pierden lenguas y ojos; las disecciones son atribuidas al chupacabras. En ocasiones se lo presenta como un animal de aspecto canino, y en otras con una cara más ovalada, como sería la de un extraterrestre. El mito tiene vigencia en casi todo el continente.
[18] Malavisión: Ser fantástico, delgado, de unos quince metros de alto y cabellera desgreñada que lanza alaridos agudos y ensordecedores. Puede adquirir cualquier forma y provocar alucinaciones.
[19] ¡Vayámonos de aquí! (“nde” (vos) puede equivaler en guaraní y en castellano paraguayo al “che” argentino).
[20] Mbopi: Murciélago.
[21] ¡Qué murciélago ni qué nada! Eso… ya lo verán. Anuncia alguna desgracia.
[22] ¿Lo oyen? Alguien nos sigue aquí…
[23] Teju guasu: Tupinambis teguixin. Literalmente, “lagarto grande”. Especie de lagarto muy común en casi todo el territorio paraguayo.
[24] Chachĩ: Cyathea atrovirens o Cyathea delgadii. Nombre común de varias especies de helechos arbóreos de Sudamérica. Debido a su extracción indiscriminada se encuentra en peligro de extinción en el Paraguay.
[25] Y a nosotros qué. ¿Verdad?
[26] Legal: Cierto.
[27] Vayámonos de aquí.
[28] Taguato: Águila.
[29] Pitogue: Pitangus sulphuratus. Ave passeiforme de la familia de los tiránidos, conocido en Paraguay como Pitogüé. La cabeza es negra con dos franjas blancas a modo de cejas y garganta blanca, lo cual le da el aspecto de tener antifaz y boina negros. El pecho y el abdomen son de color amarillo vivo y tiene una corona oculta del mismo color. Popularmente, se cree que el canto gritón del Pitogüé auspicia un nacimiento próximo.
[30] Ynambu-tataupa: Cryturellus tataupa tataupa. Perdiz de monte pequeña de color ceniciento blanquecino con pequeñas manchas de tono rojizo brillante.
[31] A la pucha: Caramba.
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